Relatos Ganadores

5º y 6º de Primaria

Primer premio:
– Coge aire –
Iria Sánchez Vilariño
Sage College – Jerez de la Frontera

Finalistas
– Todos somos iguales –
María Yun Verdía Cañero
Colegio Vilavella – Valencia

– La raíz de la generosidad –
Amalia de Castro Chapa
Colegio Vilavella – Valencia

1º y 2º de ESO

Primer premio:
– Las cartas de la felicidad –
Beatriz Pereira Marcuello
Colegio Buen Pastor – Sevilla

Finalistas
– Abracadabra –
Nuria Clausell Monzó
IES Broch i LLop – Vila-real

– El país de la nada –
Pablo Camarillas Castellano
IES Broch i LLop – Vila-real

3º y 4º de ESO

Primer premio:
– Principios –
Empar Taberner Aguilar
IES Campanar – Valencia

Finalistas
– Apariencias-
Laura Caso Septién
Colegios Buen Pastor – Sevilla

– Una oportunidad para construir un mundo mejor –
Alba Martínez Moreno
Colegio Sagrada Familia – Silla

Relatos Ganadores 2021

5º y 6º de Primaria

– Coge aire –

Iria Sánchez Vilariño
Sage College – Jerez de la Frontera

Sigo sin entender lo que mis compañeras les dicen a los pacientes antes de las intervenciones. Creo que dicen… ¿coge aire? No lo sé, en fin, ese es el problema de las mascarillas. Bueno, yo soy Belén, Belén Lamas, y trabajo en el hospital San Rafael como
supervisora del quirófano. Llegué a casa, muy cansada, y sin esperanzas de ver a mis hijas acostadas en la cama. Efectivamente, fue así.

-¡Mamá!- gritó mi hija Sofía – mira mira, que te he hecho un dibujo.

-A ver… – pero antes de que pudiera enseñármelo, llegó mi otra hija Valentina.

-Mamá, ¿nosh comprash un gato?

-¡Pero bueno!, ¿no era un muñeco?

-No porque losh muñecosh no she mueven y losh gatosh shi.

-¿¡Y para qué quieres que se mueva!?

-¡Valentina! ¡Que le iba a dar el dibujo a mamá!

-Mamá no esh sholo tuya.

-¡Pero yo le iba a enseñar el dibujo primero!

Y así es mi día a día, pero las noches no se quedan atrás…

-Mamá, ¿nosh leesh un cuento?

-Mamááááá, se me enfrió la lecheee.

Pero las quiero con locura, y me alegran el día; Sofía la mayor, tiene 10 años y es muy responsable. Siempre saca muy buenas notas y es muy estudiosa, creo que se las apaña bien cuando no estoy en casa. El problema es Valentina. Ella tiene cuatro añitos, y está todo el tiempo diciendo lo que se le pasa por la cabeza. Por eso siempre me río cuando estoy con ella, siempre tendrá algo gracioso que añadir.

Se acercaban las navidades, y yo quería hacer algo por mis compañeros del trabajo. Tenía ideas, no muy claras, pero tenía ideas. Bien, un secreto, pero no se lo digáis a nadie: muy a menudo, salgo de casa diciendo que voy a comprar cuando en realidad me voy al parque donde está el cacho pez ( que es un pez muy grande del lago del parque, al que le puso el nombre Valentina) y me pongo a leer. Esta vez no fui en concreto a leer, fui a pensar. Pensar en las ideas que tenía para darles las gracias a mis compañeras de trabajo. Desde el primer momento tuve en mente hacer camisetas, pero… ¿Qué podrían tener? Pues algún estampado bonito, o… ¡Coge aire! No es una camiseta que ellos se pondrían para salir a la calle, para comprar el pan como mucho, pero aún así era un detalle. Amancio, te debo una. Siempre recordaré ese día en el que luché con todas mis fuerzas para conseguir una de las batas azules que donó a los Hospitales. Así que le daría algo a cambio.

Compré… ¡40 camisetas y 40 bolsos de Zara! Y las llevé a bordar en mi mercería de confianza. Le dije a la señora que le pusiera “Coge Aire” en blanco, ya que las camisetas estaban en negro. Seguro que les encanta ese regalo de Navidad.

Subí el ascensor para llegar a casa. Se supone que las camisetas estarán listas en tres días… ¡a ver como quedan!

Mal. Muy mal. Fatal. Me puse blanca al ver las camisetas y los bolsos. El color estaba bien, el diseño y el estampado también pero… ¡ La ortografía no! Ay dios mío… ¡Desde cuándo coger se escribe con J! La señora me explicó como pudo lo sucedido y me dijo que me las podía volver a bordar gratis. Bueno, gratis me sale el bordado, ¡ pero las camisetas no! Pues a volverlas a comprar. Y los bolsos también. Volví a la mercería y tres días después tuve el resultado que quería.

El siete de enero, a las siete, llegué al hospital con una bolsa enorme con todas las camisetas que iba a regalar. A las nueve nos daban el desayuno y teníamos un rato de descanso, así que fuí a la cafetería donde estaban mis compañeras.

-Pero que estiveches alí muller. (pero qué llevas allí)- dijo sorprendida una de mis compañeras.
Una cosa que se me olvidó decir es que soy Gallega, vivo en Santa Cristina (A Coruña), y casi todas mis conversaciones con mis compañeras son en gallego.
-Non, é que os reis magos pararon á miña casa e había agasallos cos teus nomes (no, es que los reyes magos se pasaron por mi casa y había regalos con vuestros nombres) – reí, y les dí a cada una de mis compañeras una bolsa con las camisetas y los bolsos de “Coge aire”.

-¿Pero como pensas niso muller? (¿Pero como se te ocurre?) – dijeron todas, y me lo fueron agradeciendo de una en una.

Pues sí que les gustó, oye. Cuando llegué a casa, vi que valentina tenía una especie de vestido negro súper largo que le llegaba hasta el suelo. ¡Era una de las camisetas de Coje aire con J! Valentina correteaba por el piso cada vez más rápido, y más rápido, y más rápido y… se tropezó con la propia camiseta que llevaba y se hizo un moratón en el ojo.

-¡Valentina!- grité, pero esta empezó a llorar.
La cogí en brazos:
-Ya pasó ya pasó…

-Mami, ¿nosh comprash un pesh?- dijo al parar de llorar.

-¿Pero no era un gato?

-No, porque losh peshesh pueden nadar y losh gatosh no.

-¡¿Pero para qué quieres que nade!?

-¡MAMAAAAAAA!- gritó Sofía.- ¡NO ENCUENTRO MI OTRO CALCETÍIIIIIIN!

-¿Shofi te puedesh callar que mamá me va a comprar un pesh?

-Mamá no es solo tuya.

-¡Pero yo le dije lo del pesh primero!

-Niñas, venga a la cama que yo me tengo que levantar temprano mañana.

-Pero papi no nosh hizo la shena.

-BILLYYYYYYYY- grité. Pero no estaba en casa, así que les hice la cena rápidamente y me fui a dormir.

Llegué al hospital con una de las camisetas de Coje aire con J y con uno de los bolsos de coje aire con J. ¡Eran tan bonitas! Y al parecer no fui la única que lo pensó… ¡Todas mis compañeras las llevaban puestas! Todas se acercaron a mí nada más llegar:
-¡Belén, pero qué cómodo é! (¡Belén, pero qué cómoda es!)

-Belén, é fermoso (Belén, ¡es hermosa!).

-Jop, alégrome moito de que che gustase (Jope, me alegro tanto de que os haya gustado).

-E tanto, as miñas sobriñas comezan o seu segundo curso de medicina e queren un agora (Y tanto, mis sobrinas empiezan su segundo curso de medicina y quieren una ya).

Y ahí, en ese punto, fue cuando empecé a recibir pedidos desde las sobrinas de mis compañeras, hasta en hospitales de Sevilla. Todo el dinero que gané los doné a la Cocina Económica. A principios de febrero, uno de mis compañeros a los que le regalé la camiseta por navidades, le contó el éxito de mis camisetas a uno de sus amigos que era periodista, y salí en la Voz de Galicia. Y a partir de ahí, mis camisetas y mis bolsos hicieron un BOOM. Conseguí una empresa que me hacía las camisetas para venderlas a todo el mundo. Salí entrevistada en telecinco y grabamos justo en el parque donde estaba el cacho pez. También salí en la radio durante casi… ¡10 minutos! Mis hijas están súper contentas y orgullosas de mí, y mi familia también lo está. Y yo que pensaba que las usarían para comprar el pan… ¡Pues al final los Hospitales de España trabajan con mis camisetas puestas!

Volví a casa después de la entrevista de telecinco.

-Mamáááááááááá- gritó Sofía- ¿has conocido a Belén Esteban?

Yo reí. Supongo que se imaginaron que saldría en alguno de esos programas de telecinco. Pero no, había salido en el telediario. Me dio tanta vergüenza ver mi entrevista después… Pero estaba muy contenta con lo que había salido.


Bien, ahora estamos en mi perspectiva: la sobrina de Belén y la autora de este cuento solidario REAL. Obviamente este cuento va dedicado a ella y a mis primas, Sofi y Valen, porque cuando nos comunicaron todo el éxito que había tenido mi tía, yo no pude estar más contenta. Me he reído mucho al escribir esta historia, y sé que si leen esto también se reirán. Mi conclusión es que las cosas pequeñas, tarde o temprano se reconocen, así que ayuda a las personas que lo necesiten, que al final te vas a sentir genial.


-Mamá, ¿nosh comprash un perro?

1º y 2º de ESO

– Las cartas de la felicidad –

Beatriz Pereira Marcuello
Colegio Buen Pastor – Sevilla

Yo soy Pepi, una señora mayor de 84 años y mi marido acaba de fallecer. Yo estaba muy triste y cabizbaja, no quería salir de mi casa, ni hacer la comida… me afectó mucho la muerte de mi marido ya que llevaba 56 años casada con él.

En mi piso vivía una familia de 5 personas, los hijos eran pequeños y estaban todo el día peleándose, y los padres ya estaban un poco hartos de sus continuas peleas. Otra vecina era Antonia que vivía junto a su marido José en la puerta de al lado.

Y en la planta más baja vivía Laura junto a sus padres, y también vivía un joven soltero que tenía una mala vida amorosa.

Y ahora vamos a empezar la historia:

Yo estaba con el carrito de la compra para ir a comprar algo de comida cuando veo en mi buzón un sobre amarillo fosforito que me llamó mucho la atención lo cogí y ponía :

“Qué tal Pepi, yo desde aquí arriba te vigilo todos los días, tú no te preocupes por mí que yo estoy bastante bien. De: Luis”. Que era mi marido. Me quedé súper extrañada, pero a la vez me hizo bastante feliz y me animó el ánimo, y gracias a esa carta estuve
feliz durante el resto del día.

Al día siguiente vuelvo a bajar y me encuentro otra carta con el mismo sobre amarillo la leí y ponía un mensaje distinto ,pero que también me hizo bastante feliz, y así día tras día. Empecé a sospechar ya que nunca venía el cartero ni nadie a este piso tan
triste, ¿y entonces quién escribía estas cartas? Yo estaba segura de que la persona que me las escribía me conocía muy bien.
Todo era bastante extraño, yo quería averiguar quién me enviaba las cartas para agradecérselo, ya que cada día me hacía más feliz, y me quitaron de mi depresión.

Un día decidí preguntarle a Antonia si a ella también le habían enviado una carta con un mensaje conmovedor, algo por el estilo. Y ella me contesto que sí, que todas las mañanas cuando bajaba a comprar el pan se encontraba con unos sobres amarillos
que dentro venían unas cartas bastantes significativas. También me confesó que antes de las cartas se quería separar de su marido pero ya después de leer día a día esas cartas se dio cuenta de las cosas importantes de la vida y ahora estaba con su marido mejor que nunca. Y su idea de separarse de su marido se le fue de la cabeza.

Entonces un día quedamos Antonia y yo para ver quién nos enviaba estas misteriosas cartas y nos quedamos toda la noche mirando por la ventana pero finalmente nos venció el sueño, y a la mañana siguiente apareció de nuevo otra carta.

Al día siguiente cerramos las puertas del piso con un candado para que por la noche no viniera nadie a ponernos las cartas. A la mañana siguiente nos llegó otra carta pero la puerta seguía cerrada con el candado, por lo tanto llegamos a la conclusión de que la persona que nos las estaba enviando era alguien del piso. Esta pista fue un gran avance.

Yo como era la presidenta de la comunidad de vecinos decidí convocar una reunión. Y cuando ya hablamos de todos los temas rutinarios saqué el tema de las cartas de la felicidad y todo el vecindario coincidió en que a ellos también les mandaban cartas. A
los padres de los tres niños esas cartas les dieron consejos para que sus hijos no se pelearan tanto. A los padres de Laura esas cartas les ayudaron a ser más comprensibles con su hija.

Y como ya os imaginaréis, al joven estas cartas le ayudaron en el amor. Desde que yo comenté este tema en la reunión todos los vecinos les dimos más importancias a las cartas.

Pasé mucho tiempo intentando averiguar de dónde procedían las cartas, y cada día tenía más ganas de saber quién era este escritor o escritora anónimo. Y cada día me sentía más feliz, ya que empecé a quedar con mis amigas y ellas me decían que cada día me veían mejor.

Hasta que un día cuando fui a recoger mi carta me encontré un cuaderno de la persona misteriosa que escribía estas cartas, pero venía sin ningún nombre, y para saber quién era pensé en quedármelo yo y cuando le hiciera falta vendría y me lo pediría. Pero
para que supiese que lo tenía yo decidí escribirle una carta que decía : “ Buenas querido escritor me gustaría agradecerle todas las cartas que me ha escrito y tengo su cuaderno. Gracias”. Y le dejé esta carta en mi buzón.

Al día siguiente una persona me llama a la puerta, le abro y me dice :soy quién te ha estado mandando las cartas a ti y a los vecinos, yo me quedé asombrada al averiguar quién era. Pero me dijo que no le podía contar a nadie quién era.

Seguía mandando cartas….. hasta que Antonia no sé cómo averiguó quién era.

Convoqué otra reunión para hablar de los gastos y en esta reunión Antonia dijo gritando: y quién ha estado enviando las cartas de la felicidad ha sido LAURA, todos la miraron , y ella se sintió avergonzada.

Y ahí fue cuando nos explicó que había estado mandando cartas a los vecinos para hacerlos más felices porque últimamente nos veía muy tristes, y agobiados. También nos contó que ella quería hacer un mundo mejor, y este fue el primer paso que dio.

Y todos homenajeamos a Laura.

Como cada vez que nos enviaba una carta nos hacía muy felices, nosotros decidimos hacer felices a nuestros familiares.

Y bueno queridos lectores os dejo, que voy a seguir escribiendo cartas anónimas.

3º y 4º de ESO

– Principios –

Empar Taberner Aguilar
IES Campanar – Valencia

Le pego un empujón por la espalda y cae al suelo, provocando las risas de mis compañeros y de mis amigos, que hacen que me sienta mejor.

Me voy a saltar la primera clase, no sé por qué he venido tan puntual, supongo que para animar el camino por el pasillo, para que haya más revuelta porque sé que si no estoy yo, mi grupo está más tranquilo y algunos hasta atienden en clase, y no me gusta. No quiero que parezca que he tenido que ser yo el que los ha “llevado por el mal camino”. Estos angelitos tenían dirección al mal camino desde hace mucho, lo que pasa es que a los padres les gusta echar la culpa a los demás por el comportamiento que han creado en sus hijos, por la educación y el respeto que pensaban que tendrían que haber aprendido en sus colegios carísimos para así no tener ni esa excusa para pasar tiempo con ellos. Para seguir con sus egoístas vidas tras el desliz, a veces premeditado, que tuvieron al concebir a sus “bendiciones”. Y puestos a echar culpas… No le he dicho a nadie que en realidad solo tengo dentista y que mi madre me está esperando en el coche, porque tengo una reputación de chico malo que mantener, y últimamente avivar, porque los empujones por la espalda a alguien de algún curso menor y las repetidas faltas de respeto graves a los profesores han perdido su impacto en la gente. Todos han vivido ya demasiadas veces esas escenas como para impresionarse. Ya lo hemos hablado mucho. Estamos esperando una oportunidad. Nuestro gran golpe, algo que vuelva a intimidar, pero aún no ha llegado la ocasión. Todos me tienen lo que yo creo que es respeto. Todos me conocen demasiado como para darme algún motivo para dirigir mi ira hacia ellos.

En eso voy pensando mientras me dirijo a la puerta del instituto, la horrible música de “Grease” retumba en los altavoces. De repente oigo un golpe sordo en el suelo y me giro hacia la ventanilla de secretaría, donde hay una chica de espaldas y una libreta en el suelo. Sigo como si nada, no se la voy a recoger yo. De pronto, oigo tres golpecitos más suaves, unos golpes a los que
estoy tan acostumbrado que me recuerdan tanto a tantas cosas. Me vuelvo a mirar, y cuando compruebo que es justo lo que pensaba, siento que no puedo respirar. Me olvido de la voz que me dice que pare, que no le conviene a mi reputación, hago un esfuerzo sobrehumano para conseguir mover mi cuerpo, y corro hacia la chica que lleva un bastón blanco para ciegos que tanto conozco, y me apresuro a cogerle la libreta. Se la dejo en el mostrador.

Claro, ha oído mis ruidosos pasos, y estoy seguro de que también puede oír los latidos de mi corazón, que tengo desbocado en estos momentos, porque está girada en mi dirección.

-Te he dejado la libreta en el mostrador.-Digo, nervioso.

Se limita a darme las gracias y me dedica una sonrisa radiante. Desde luego esto no se parece en nada a la típica bienvenida que le doy a los nuevos. No puedo permitir que me vean tratar así a una potencial víctima. “Víctima”, la palabra me corroe, solo de pensar que alguno de esos imbéciles podría hacer daño a esta chica, de facciones delicadas, pelo largo y negro hasta la cintura, y unas gafas que sé que no se quitará.

Nos llaman enseguida en el dentista y me dicen que pase al pabellón número dos. Me fijo en el precioso asplenio, y envidio que hayan conseguido mantener el verde brillante de las hojas. Hago lo que me pide el dentista y cuando ya llevamos un rato igual (yo con la boca abierta, y él rebuscando con sus extraños instrumentos), para y me pregunta muy serio:

-¿Fumas?

-¿Qué?-¿Quién se cree?

-Que si fumas. Tienes los dientes muy amarillos. Responde a la pregunta.

No lo hago. Lo intento, pero de mis labios solo sale un balbuceo casi inaudible.

-Eso pensaba.-Tiene la decepción dibujada en la cara.

Justo en ese momento entra mi madre, guardando el móvil en el bolso. Sus tacones repiquetean el suelo. Es extraño, pero en cuanto la veo, la sensación de tener el corazón en la boca, de que el estómago me ha encogido hasta llegar a una tercera parte de su tamaño real, enseguida se ve sustituida por un vacío inmenso. Como siempre pasa, me obligo a sentir indiferencia para no
ahogarme en un mar de tristeza infinita, que amenaza con atraparme todos y cada uno de los momentos del día. El Sr. Blázquez se apresura a salir para poder hablar en privado con ella.

Durante los siguientes tres minutos solo oigo una conversación que va subiendo lentamente de tono por parte de mi madre, (el pobre hombre mantiene la calma en todo momento, hasta suena cansado) y frases entrecortadas plagadas de sus acusaciones. Como si el dentista pudiera tener culpa de algo. La ayudante del señor Blázquez y yo nos lanzamos la enésima miradita incómoda, justo cuando vuelven a entrar en la habitación. Nos despedimos muy fríamente, y cuando me giro una última vez, veo la tristeza brillar en los ojos de este hombre, que me ha demostrado, que, sin tener ningún motivo, se preocupa por mí.

Volvemos al coche en completo silencio, y una vez dentro, aún pasan unos minutos hasta que mi madre tranquilamente me dice:

-No sabía que te gustara el café. Si quieres seguir tomando, te compraremos un colutorio blanqueante o algo. Me ha dicho el dentista que tienes los dientes amarillos. -Eso sí que no me lo esperaba.

-Ah… vale. – Es lo único que soy capaz de responder.

Inmediatamente le vuelven a llamar, y así concluye una vez más nuestra conversación. Estoy seguro de que el señor Blázquez le ha contado la verdad. ¿Se está autoengañando? ¿O es que le importo tan poco que ni va a preocuparse por mi salud? Me siento abandonado y miserable.

Vuelvo al instituto y me siento entre los del grupo, como siempre. En cuanto lo hago, entra una chica paliducha con un bastón blanco, cientos de papeles en la mano, y una mochila más grande que su delgaducho cuerpo a la espalda.

Cuando Tyler la ve entrar dando golpes a todas las sillas, suelta una risotada, casi histérica y hace que los demás también se rían. Se me pone la piel de punta y tengo que contenerme para no hacer que no vuelvan a reír en su puñetera vida.

Le digo a Tyler que se pire, que deje el sitio que tengo al lado libre, y se me queda mirando, pensativo y luego se levanta con una sonrisita. Eso sí que es raro. Inmediatamente me levanto y voy hacia la nueva antes de que se siente y le ofrezco sentarse a mi
lado. Se queda pensando un momento, y enseguida me regala una sonrisa al reconocerme como el chico que le ha recogido la libreta hace apenas una hora. Es curioso, todo el día ha sido un infierno, y los únicos dos momentos de calma han coincidido con los momentos en los que esta chica cuyo nombre aún no conozco me ha sonreído.

Todos mis “amigos” se me quedan mirando por lo que acabo de hacer, pero no me podría importar menos, me siento bien en su compañía. Entra la tutora y nos explica que la chica nueva se llama Liza, que vendrá por lo menos una vez a la semana una persona para ayudarle a adaptarse y que le tenemos que ayudar en todo lo que podamos y esas mierdas. Sé que nadie lo va a hacer. No conozco en esta clase a nadie lo suficientemente abnegado como para ayudar a alguien aparte de a ellos mismos. También nos explica que tendrá que llevar libros de braille, que tomará apuntes en un ordenador con el sistema “jaw”, y que utilizará la Perkins, y nos cuenta lo ruidosa que es. Cada dos por tres se oye cuchichear a estos imbéciles que me rodean y alguna risita. Algo estan tramando, y no me gusta un pelo. La tutora le ha dado el turno de palabra a Liza para que nos cuente algo, no sé
muy bien el qué, y decido dirigir la poca atención que estaba prestando a su voz, suave y aterciopelada que explica al detalle todo un mundo que yo ya conozco.

Cuando empieza el recreo, Tyler viene a mi sitio y me dice muy emocionado:

-¿Has visto? No podía haber llegado en mejor momento. Lo tenemos en bandeja. ¿Cuál es el plan?-Advierte mi cara perpleja y añade:- Por eso te has sentado con la ciega, porque tienes algo pensado ¿no?

-No pienso hacer nada para molestarle, y vosotros menos aún. Vais a respetarla como ser humano y a comportaros como si tuvierais más de cinco años. Tyler tío, tú sobre todo deberías entenderlo. Pero, si no lo haces me da igual. Me niego a seguir con esto, os estáis pasando de la raya y voy a ayudar en todo lo que pueda a esa chica. Con, o sin vosotros de amigos.- Es la ira la que ha hablado. Ninguno responde a mi ultimátum. Algunos me miran perplejos, otros pensativos, pero suena el timbre y no puedo seguir mirándoles para intentar averiguar en qué están pensando.

Llego a casa y enseguida oigo el claxon de un coche, y sé que es mi padre, que como todos los días trae a mi hermana del cole, y se vuelve pitando al trabajo. Salgo corriendo a recibirla, deseando verla después de un día tan largo porque es lo mejor que tengo. Da igual lo mal que vaya todo, ella siempre conseguirá hacerme reír como nadie lo hace, y sé que soy el único con el que
puede contar, aparte de su amiga Camila, una insoportable charlatana, pero bellísima persona. Abro la puerta y se acerca ella con su bastón blanco dando golpecitos en el suelo. Me apresuro a cogerle la mochila y no puedo sino enfadarme.

-¿Se puede saber qué llevas en la mochila que pesa tanto? Por el amor de Dios, solo tienes ocho años. ¿No podrían hacer los libros de braille un poco más ligeros? Ya sabes, para no tener problemas de espalda a los doce años.-Consigo que se ría e instantáneamente me siento mejor. Es un sonido reconfortante que me arranca una sonrisa.

Mientras hago la comida, me acuerdo de las risas de esa panda de inútiles y no puedo evitar imaginarme a mi hermana en esa situación. De pensar que solo por entrar en una habitación podría causar una de esas risitas me hierve la sangre. Soy consciente de que en algún momento le puede haber pasado, y eso me mata. Le he mandado un mensaje a Tyler, y dice que estamos bien, pero aunque no lo fuera, sé con certeza que he hecho lo correcto. Liza necesita a su Camila, y estoy dispuesto a serlo. Aunque se le ve fuerte e independiente, igual que Madelaine, quiero ayudarle en lo que pueda.

Al día siguiente, Liza se sienta en el mismo sitio que ayer y no puedo evitar que una sonrisita asome en mis labios. Cuando el timbre indica el comienzo del patio, le digo:

-¿Dónde te escondes en el recreo? Ayer no te vi.

-No sabía que me buscaras. No sé, no tengo un sitio fijo todavía.

-¿Te importa si te acompaño hoy a buscar un sitio fijo?

-Me encantaría.-Dice con una amplia sonrisa.

Dejo que salga ella primero, y cuando me encamino por el pasillo oigo que me llaman:

-¡Eloy!-Son ellos. No sabría decir si me alivia que vengan hacia mí. Me dicen que tenía razón y me doy cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Estos media-neurona me importan más de lo que jamás admitiría. Se les ve dispuestos a intentarlo, aunque con la chulería que tanto les caracteriza, me aseguran que no lo han hecho por mi, que solo se han dado cuenta por
fín de que era lo correcto. Se les ve arrepentidos y tristes y no puedo evitar sentirme esperanzado.

Tras recorrer todo el patio y hacer bromas sobre la corriente o la ausencia de sombra, decidimos sentarnos en un banco alejado, cerca de la entrada. Es un sitio tranquilo y silencioso. Me gusta. Al principio solo hablamos Liza y yo. Va a ser un proceso largo, pero esto es un comienzo.

Pasamos un patio muy agradable, y se convierte en rutina. Cada vez nos vemos más y nos llevamos mejor. Liza y yo nos unimos mucho. Cada vez tenemos más momentos graciosos, más momentos preciosos que atesoramos en nuestra memoria. Los más especiales son los de Liza.

Un día decido invitarla a comer a casa, porque le he hablado tanto de mi hermana, que tiene muchas ganas de conocerla. Además, coincide que también estará Camila, así que necesitaré refuerzos, y mis padres no van a llegar hasta la noche, aunque si estuvieran, tampoco podría contar con ellos. Se llevan bien inmediatamente.

Es extraño mirarlas, porque Liza es una versión mucho mayor de mi hermana. Puede que no en el físico, porque el pecudo rostro rechoncho de mi hermana no se parece a la pálida tez de Liza, pero son idénticas en el carácter y es un fenómeno fabuloso, el tenerlas a las dos enfrente de mí riendo por cualquier tontería que digo.

Una vez nos hemos asegurado de que Camila y Mads están enfrascadas en sus mundos de fantasía que tanto les gusta inventar, reúno el valor necesario para enseñarle mi mundo, cómo soy de verdad. La guío por los pasillos hasta llegar a la terraza.

-¿Preparada?-Pregunto. Estamos junto a la entrada. Nunca había estado tan nervioso con ella. Asiente con la cabeza y esboza la sonrisa más grande que he visto.

Abro las puertas y da un paso hacia delante. Se queda quieta, abre un poco los brazos e inspira con fuerza por la nariz.

-Huele fenomenal.-Es la primera vez que veo su rostro completamente relajado.-No me imaginaba que te gustara la botánica.-Sonrío. Me esperaba esa reacción. Más o menos. Le enseño toda la habitación repleta de plantas, mientras le explico los cuidados y nombres de cada una de ellas. Sé que es aburrido, pero necesitaba abrirme a alguien.

-Es maravilloso.-Musita, tocando las flores de una preciosa Begonia.-¿De qué color son las flores de esta?

-Son rosas.-Sonrío. Es curioso, cuando riego esta planta siempre me acuerdo de ella. Es mi favorita.

-A mí me gusta cantar.-Dice en voz tan baja que me cuesta oírla esta persona que se ha convertido en mi aire.

-Eso es precioso.-Digo con convicción, puede que un poco más agresivamente de lo que debiera, lo que le provoca una sonrisita.-¿Te atreverías a cantarme algo?-Pregunto débilmente, no puedo evitar sentirme violento.- Vuelve a asentir en silencio. Se está riendo, aunque sé lo duro que le está resultando.

Y así pasamos una de las mejores tardes de mi vida, ella abriéndose a mí, cantándome sus sentimientos más privados con su deliciosa voz angelical, unas letras preciosas y un sonido magnífico envolviéndonos a las plantas que estoy regando, a ella y a mí. Le estaré eternamente agradecido por haberme rescatado de mí mismo. Por haberme mostrado que lo que había pensado
que era una debilidad, es mi esencia, algo de lo que estar orgulloso. Es la persona más dulce e independiente, magnífica y fuerte, amable y fantástica que jamás conoceré y no ha hecho más que mejorar mi vida, y es que cada cambio, ya sea interno o externo, mundial o personal, provoca el principio de algo nuevo y maravilloso. Y nosotros siempre apreciaremos nuestro nuevo principio.

Organiza

Patrocina